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El lenguaje que utilizamos con nuestros hijos.

Los niños desde muy pequeños, prácticamente desde que nacen, son capaces de entender muchas de las cosas que quieres transmitirles. Para ellos, las palabras todavía no tienen sentido, pero sí lo tiene la manera en que les coges, les acunas o les hablas.
El tono de voz, la tensión de tus músculos, la expresión de tu cara... les dice mucho sobre ti y lo que te pasa. A los educadores nos toca aprender a utilizar todo este lenguaje no verbal para enseñar a los niños lo que queremos que aprendan.
Es esencial que a través de nuestro propio comportamiento transmitamos tranquilidad y confianza y logremos dar pistas sobre lo que deseamos conseguir; para ello:
• No vayas corriendo de un lado para otro buscando cosas o intentando resolver un montón de situaciones a la vez. El orden y las rutinas de las que hablamos en las anteriores páginas te permitirán disfrutar de la tranquilidad necesaria para poder educar otros aspectos.
• Intenta que todo tu cuerpo manifieste que controlas la situación. Los niños son muy sensibles a cualquier cambio de tu cuerpo, aunque tú no lo notes. Si te agobias porque llegáis tarde y le coges con más fuerza, si resoplas porque otra vez ha desobedecido, si le levantas la mano como si fueras a pegarle cuando se le cae el tenedor por cuarta vez... estás demostrándole a tu hijo que todo esto se escapa de tu control. En aquellas situaciones en las que más prisa tienes o más agobiado te encuentras, los niños se muestran mucho menos colaboradores. ¿Existirá alguna relación?
Sorprendentemente la calma les hace sentir tranquilos y eso contribuye a que todo vaya mucho mejor.
• Utiliza tu mirada. La mirada es uno de los componentes del lenguaje no verbal que más rápidamente aprenden los niños. Mirarles es darles atención y esto es algo que buscan continuamente. Fíjate en algunos ejemplos:
— Cuando los niños conocen la norma y sus consecuencias, suele bastar con mirarles de una forma determinada para recordársela.
— Si acompañas tu mirada con una sonrisa, tu hijo entenderá que está haciendo algo adecuado y tenderá a repetirlo.
— Si le retiras la mirada, le estás haciendo ver que su comportamiento es inadecuado y que debe cambiarlo para recuperar tu atención.
• Cuida tu tono de voz. A través de la voz podemos dar a conocer no sólo lo que queremos que el otro haga, sino nuestro estado de ánimo o las consecuencias de su acción. Intenta que tu voz transmita tranquilidad. Está demostrado que los gritos continuos, además de alterarnos y ponernos nerviosos, no funcionan para atraer la atención. Busca tu tono de voz, ese con el que te encuentras a gusto y que va con tu
forma de ser. Ése será el tono que tus hijos considerarán normal en ti y aprende a modularlo para diferenciar entre situaciones. Algunos padres, cuando están enfadados, hablan a sus hijos un poco más bajo de lo habitual. Pero, además de la intensidad de tu voz, hay otro componente importante. Se trata de la firmeza con la que dices las cosas. Tus hijos esperan de ti que resuelvas las situaciones, que les digas lo que tienen
que hacer... y por eso necesitan un tono firme, seguro, que no se ande por las ramas
ni con ambigüedades.
Un tono firme no es un grito, sino una expresión sencilla y clara de lo que deseas. Es una norma que se repite. Ese tono suele ir acompañado de una mirada directa y tranquila que deja claro al niño que por ahí no se va.
Ensaya tu tono delante de un espejo o con alguien que te pueda dar pistas sobre cómo mejorarlo. Empieza practicando con las normas que quieres instalar en tu hogar: «cuando hayas recogido veremos un poco la tele» o «después de cenar nos lavamos los dientes».
Te sorprenderá lo eficaz que llega a ser ese tono tranquilo y firme. Estamos sentando las bases de una comunicación eficaz.
• Sonríe a menudo. La mayoría de las veces actuamos con un rostro inexpresivo que sólo cambia cuando nos enfadamos con nuestros hijos. Funcionamos como autómatas persiguiendo que se cumplan las normas y ya está. Pero al hacerlo nos estamos olvidando del enorme poder que tiene la sonrisa. Al sonreír le transmitimos al niño la confianza que necesita para seguir adelante, para intentarlo de nuevo.
Además, nos hace cómplices de nuestro hijo y le estamos transmitiendo emociones positivas fundamentales en nuestra relación. Sonreír, sugerirle que ceda, iniciar un contacto físico en tono lúdico... son armas poderosas para acercarnos a nuestro hijo y superar situaciones de tensión.
• Recuerda: la forma de hablar es fundamental para que los niños obedezcan. Ve introduciendo pequeños cambios que te permitan sentirte más dueño de tu propia voz.
El lenguaje también es lo que decimos. Desde el momento en que el niño nace recibe una enorme cantidad de mensajes que le hablan de sí mismo, de los demás, de lo que debe hacer, de lo que está sintiendo... La mayoría de los mensajes los recibe de sus padres y educadores, pues es con ellos con los que pasa más tiempo.
Aunque parezca que no nos entiende, lo cierto es que nuestras palabras van calando en nuestro hijo creando los cimientos sobre los que se construye su forma de pensar, de sentir, de expresarse...
Los mensajes positivos, cargados de cariño, respeto y comprensión, facilitarán una personalidad confiada y madura; mientras que los mensajes negativos, que hieren o menosprecian, contribuyen a crear personalidades débiles, dependientes, etc.
Piensa en cómo te sentirías si recibieras continuamente mensajes como los siguientes:
— «Eres un desastre, un irresponsable y un desordenado».
— «No sabes hacer otra cosa que molestar e incomodar».
— «Me tienes harta: ¡déjame en paz y lárgate de aquí!».
— «Eres un mentiroso y un hipócrita».
— «Ya no me importas, no te quiero».
— «Deberías tomar buen ejemplo de tu hermano».
— «Cada día que pasa te portas peor».
— «No aprendes nunca, jamás conseguirás superar tu problema».
— «¿Es que no sabes estarte quieto, callado, etc.?».
— «¡Apártate de mi vista!».
— «Tú sigue así y nadie te querrá ni lograrás hacer amigos».
Posiblemente no muy bien. Los niños que únicamente reciben mensajes de este tipo terminan pensando que son un estorbo. Seguramente no se sentirán queridos ni valorados y su comportamiento, en lugar de mejorar, será cada día peor.
No tiene sentido educar cuando con los mensajes:
• Intentas hacer daño a tu hijo. No es cierto que para aprender haya que sufrir. Por lo tanto, es imprescindible que eliminemos los insultos.
• Le amenazas con retirarle tu cariño. ¿Qué persigues con eso? Es cierto que lo dices sin pensar y que no vas a cumplirlo, pero para tu hijo eres lo más importante y le duele que le hables así (si se lo repites muchas veces, dejará de afectarle). No le chantajees con los sentimientos. Recuerda que si tú lo haces, él aprenderá a hacerlo.
• Le tratas como un estorbo. Tu hijo es una persona valiosa. Aunque en este momento te esté persiguiendo por toda la casa para que juegues con él y tú tengas que dedicarte a otras cosas, no se merece que le trates como a un pañuelo de usar y tirar.
• Estamos comparándole con otras personas. Recuerda que las comparaciones son siempre odiosas, y más cuando en ellas salimos siempre perdiendo.

Solucionando conflictos con tus hijos.

El conflicto y las dificultades del día a día forman parte de la educación. No podemos olvidar que cuando educamos estamos ante un ser humano con sus propios intereses y necesidades. Tu hijo quiere jugar y tú que se duche; tu hijo quiere ver un poco más la tele y tú, que se acueste. Cada una de las partes implicadas persigue objetivos diferentes, y puesto que somos los adultos quienes controlamos la situación, deberemos intentar que cada vez que se acerquen a aquello que deseamos conseguir les sea beneficioso.
En todo este proceso es fundamental que no vivas el conflicto como una lucha armada contra tu hijo. No se trata de ver quién gana o quién puede más, pues a rabietas es posible que nadie venza a tu hijo. Cuando pretendemos que el otro haga lo que nosotros queremos a toda costa, lo más probable es que utilicemos cualquier método para conseguirlo como gritar o agredir, y eso no es bueno para nuestro hijo ni para la relación que queremos establecer con él.
Ten en cuenta que el conflicto es lo que nos permite encontrar soluciones y madurar.
En muchas ocasiones no es fácil aceptar que nuestro hijo se oponga, pues a veces lo vivimos como un desafío a nuestra autoridad. Relájate; la mayoría de las veces dice que NO como un juego, para ver qué pasa. No lo vivas como una forma de enfrentarse a ti.
Tu hijo no siempre va a obedecer a la primera; le llevará un tiempo aprender a obedecer en función de las consecuencias que tengan sus acciones. Si él te dice que NO y a ti te hace gracia, seguirá negándose a hacer lo que le pides. Y si te pones a su nivel, exigiéndole a toda costa que obedezca, lo más probable es que te encuentres con una persona mucho más cabezota que tú, que se mantendrá en sus trece hasta que tú cedas. Por eso es importante aprender a aceptar la negación de nuestro hijo (no significa dejarle hacer lo que quiera) y no vivirlo como una derrota personal.
Carece totalmente de sentido (y no es eficaz) correr detrás de él para que se siente a la mesa o arrastrarle para que se meta en el baño. Tu hijo aprenderá que las órdenes son un juego de perseguir y, normalmente, ellos juegan mejor.
En algunas familias se ha entrado en la dinámica de utilizar la fuerza física para que el niño obedezca. En cuanto se da una orden («es hora de bañarse», por ejemplo) el niño empieza a correr por toda la casa, riéndose a carcajada limpia (para él es un juego) y el padre empieza a correr detrás de él para atraparle, cada vez más enfadado.
Al final entramos en la provocación del niño, convertimos las órdenes en una lucha y eso no es educar.
Ten en cuenta que la fuerza física se agota y aunque es cierto que, en ocasiones, no queda más remedio que coger al niño para evitar situaciones peligrosas, debemos intentar utilizar estrategias que enseñen al niño a obedecer sin necesidad de que tengamos que forcejear con él para quitarle la ropa o atraparle en mitad del
pasillo para meterle en la bañera. Podemos enseñarles a comportarse de otra manera con estrategias más positivas y eficaces.
• Recuerda que todo lo que hagas, digas y compartas con tu hijo debe estar lleno de afecto. Una norma expresada con autoridad puede también ir llena de afecto. Dile que le quieres, abrázale, bésale...

¿Quién pone las normas?

Las normas las pone el adulto. Tú eres quien sabe lo que quieres enseñar a tu hijo, aunque a veces te surjan dudas sobre el modo de conseguirlo.
La mayoría de las veces hemos tenido poco tiempo para pensar sobre todo esto.
Por eso, antes de precipitarse, es conveniente reflexionar sobre lo que deseamos conseguir.
Para ello:
• Valora lo que has recibido de tu educación y utiliza aquello que te ha sido útil. Recuerda la manera en la que tus padres te educaron y rescata lo que te ha ayudado a sentirte bien y a confiar en ti mismo. A lo mejor te ayudó que tus padres te enseñaran a cuidar los juguetes o a no conseguir todo aquello que pedías. También piensa en aquello que consideres que se podía haber hecho de una manera diferente para no repetirlo con tus hijos.
• Utiliza otros modelos. A lo largo de tu vida habrás encontrado otros estilos educativos (observando a otros padres, experiencia con maestros, etc.). Sírvete de lo que has visto para aplicarlo a tu forma de educar.
• Intenta tener claros los valores que deseas transmitir. Si por ejemplo para ti la sinceridad y el respeto son importantes, dales cabida en tus normas.
• Lee e infórmate. Existen estrategias y técnicas específicas que nos ayudan a acercarnos a los niños para participar en su proceso educativo.
En la elaboración de las normas es imprescindible que haya consenso entre los
adultos que educan al niño. Para lograrlo es necesario hablar con las personas implicadas,
intentando encontrar lo que realmente es mejor para el menor. Si a tu hijo
lo cuidan abuelos u otras personas, comunícales cuáles son las normas y qué vais a
hacer cuando se cumplan y cuando no.
Habla con tu pareja sobre lo que consideráis importante en la educación de vuestro hijo y estableced la manera de conseguirlo. No se trata de imponer nuestra forma de entender las cosas. Cada uno de vosotros ha sido educado en un contexto diferente y posiblemente hayáis vivido situaciones distintas. Intentad llegar a
un consenso.
A veces ayuda hablar con otras personas (padres, profesores, psicólogos, etc.) pues nos dan pistas sobre la manera de abordar determinadas situaciones. Es cierto que sólo si estamos convencidos de que pueden ser útiles podremos asumir los consejos y orientaciones de los demás, por lo que es importante mantener una actitud abierta y reconocer que existen otros puntos de vista y maneras de hacer las cosas.
Cuando hayáis decidido las normas que queréis que regulen vuestra familia, deberéis hacer lo posible para mantenerlas. Es importante que las personas implicadas en la educación del niño sean constantes en la aplicación de las normas y así evitar que el niño reciba mensajes contradictorios.
Aunque cada familia pone las suyas, está claro que existe una serie de normas imprescindibles para garantizar la convivencia y un adecuado desarrollo de los niños.
Son normas esenciales:
• Las que respetan sus necesidades básicas: horas de comer y de ir a la cama,
fundamentalmente.
• Las que le enseñan a respetar a los demás y a las cosas: no se insulta, ni
se grita, ni se pega; no se tiran las cosas ni se rompen los juguetes...
• Las que permiten un adecuado desarrollo de su autonomía: dejamos que
los niños hagan solos lo que pueden hacer por sí mismos.

Diez pistas para tener en cuenta al educar a tus hijos.

Seguir estas simples recomendaciones harán que den un salto de calidad en la educación de tus hijos.

• Mira a tu alrededor. Pararse a ver lo que sucede es el primer paso para iniciar cualquier cambio.
• Ten en cuenta el momento evolutivo de tu hijo: te dará pistas para favorecer su crecimiento.
• Acepta a tu hijo tal y como es, no le compares con nadie. Demuéstrale que le quieres porque desde ahí es mucho más fácil educar.
• No te olvides del horario; saber en cada momento lo que hay que hacer os ayudará a todos.
• Organiza la casa de manera que cada cosa tenga su lugar. Eso os permitirá ahorrar mucho tiempo y esfuerzo.
• Cuida la relación con tu hijo y aprende a disfrutar con él.
• Favorece la comunicación entre todos los miembros de la familia. Los demás no saben lo que piensas si no se lo dices.
• Evita la sobreprotección, el autoritarismo o la falta de disciplina; no son la mejor manera de educar.
• No dudes en reflexionar continuamente sobre tu forma de educar; eso te permitirá resolver las dificultades con más seguridad.
• Siéntete orgulloso de la identidad de tu familia. No hay dos familias iguales y lo importante es que cada una vaya eligiendo lo que desea ser.



Solución para eliminar estrías.

Nuestros hijos y la autonomía.

Los principales logros que vamos a observar en nuestros hijos están relacionados con el desarrollo de su autonomía, en cómo comprenden el mundo que les rodea y en la forma de actuar en él. El niño pequeño que necesita del adulto para alimentarse, comer y salir a pasear se convierte en un adolescente que puede cuidar
de sí mismo y relacionarse con los demás sin problemas.
A lo largo de la infancia el niño adquiere, además, la capacidad para controlar su propia conducta en función de los puntos de referencia que ha ido teniendo. Sus capacidades cognitivas, motoras y afectivas se transforman permitiéndole configurar su forma de pensar, actuar y sentir.
Hasta los 2 años los cambios más relevantes están relacionados con sus movimientos.
 MAMI, ¿Quieres adelgazar?La forma de moverse se perfecciona y cada vez es más capaz de realizar tareas que requieren una mayor precisión. Con la aparición del lenguaje surgen nuevas potencialidades que le permiten procesar lo que escucha y expresarse.
Entre los 2 y los 6 años nos encontramos en un momento importante para el desarrollo del autocontrol y la autonomía.
El niño puede pensar sobre lo que le sucede, establecer relaciones entre su comportamiento y las consecuencias que recibe.
Adquiere los hábitos básicos que le permiten vestirse, asearse, comer... sin la constante ayuda del adulto. En estos momentos las normas se convierten en puntos esenciales para su desarrollo.
A partir de los 6 años los cambios en el pensamiento son los más significativos.
Poco a poco podrá realizar operaciones más complejas, separándose de la percepción inmediata para integrar el conocimiento y su propia experiencia. Mejoran en su capacidad para adoptar otros puntos de vista, organizar diferentes contenidos, razonar, planificar y resolver problemas.
A continuación encontrarás algunos de los cambios que se producen durante la infancia. Ten en cuenta que aunque podemos hablar de unas características comunes, lo cierto es que cada niño lleva su propio ritmo y es esencial que se respete si queremos contribuir en su proceso de maduración.

¿Por qué mi hijo no me hace caso?

Educar es un proceso costoso. Muchos padres admiten sentirse cansados y absorbidos y eso no significa que lo estén haciendo mal o que sean unos malos padres.
Los niños demandan mucha atención, necesitan miles de cuidados, avanzan a un ritmo
asombroso... Y no siempre sabemos qué hacer en cada momento.
La sociedad en la que vivimos tampoco nos lo pone demasiado fácil (quizá nunca lo ha sido). Son muchas las obligaciones y las dificultades, y el ritmo actual es demasiado rápido. Todo son prisas, hay demasiadas cosas que hacer y los cambios son tan frenéticos que apenas nos da tiempo a acostumbrarnos.
Quizá por eso nos volvemos impacientes y pretendemos que los niños hagan las cosas a la primera, incluido obedecer.
Pero es que todo lleva su tiempo. El bebé se encuentra ante un sinfín de posibilidades de crecimiento y aunque nace con un temperamento propio lo cierto es que el ambiente en que se desenvuelva será determinante a la hora de configurar su personalidad.
Los niños aprenden durante sus primeros años de vida muchas cosas. En un par de años son capaces de desplazarse, de hablar, de interactuar con los demás...
y cada vez con menos ayuda de los adultos. Y es que educar es, fundamentalmente, guiar hacia la autonomía. Como padres somos responsables de ayudar a nuestros hijos a que aprendan a desenvolverse por sí mismos y que lo hagan en un contexto de respeto hacia los demás y las cosas que los rodean.
En ese proceso hacia la autonomía contamos con una ventaja indiscutible: los niños quieren. Ellos desean hacer las cosas solos y se sienten felices cuando realizan tareas que hasta ese momento les parecían imposibles. Se van a sentir muy contentos al escuchar sus primeras palabras, al dar sus primeros pasos, al lavarse solos el pelo, al hacer un recado fuera de casa... Si el entorno está atento a estos cambios le
hará ver lo importantes que son, y el niño irá creciendo con confianza en sí mismo.
Porque también es nuestro objetivo que se sientan a gusto, que sean capaces de disfrutar de la vida y de todo lo que hagan.
Los niños no vienen con manual de instrucciones, pero podemos irlo creando.
A partir de la experiencia de muchas familias y de los estudios que en Psicología y Pedagogía se han realizado podemos establecer una serie de claves y estrategias que contribuyen a que la tarea de educar sea un poco más sencilla.


¿Cómo y cuándo poner las normas a nuestros hijos?

Los límites y las rutinas deben estar presentes en nuestro hogar desde que el niño nace. Las necesidades básicas del bebé van estructurando una serie de acciones que se repiten en el día a día. A medida que va adquiriendo nuevos comportamientos nos vamos dando cuenta de que es necesario ir poniendo límites. Así, por ejemplo, cuando empieza a desplazarse y empezamos a quitar todo lo que se le puede caer encima, también le vamos avisando del peligro y haciéndole ver que hay cosas que no puede tocar. En ocasiones lo que ocurre es que nos parece haber llegado a una situación insostenible donde todo es un caos. La casa está totalmente desordenada, los niños se comportan de manera totalmente incontrolada, cualquier incidente nos desborda... en una palabra: no podemos más. Pues bien, incluso en estos casos, es posible recuperar o instalar unas normas. Para hacerlo, dedica un tiempo a pensar qué es lo que quieres conseguir. No vale decir que deseas que los niños se porten bien; debes ser más específico y marcar objetivos que se puedan observar fácilmente: no vamos a gritar, no vamos a tirar las cosas, te vas a bañar solo, etc. Se trata de que marques claramente la norma, que todo el mundo sepa de qué estamos hablando.
• Recuerda que también es importante que no sean muchas. Elige aquellas que para ti son más importantes y empieza por ellas. Ya habrá tiempo de elegir otras. Y aunque tu casa te parezca un desastre, confía en que las cosas pueden empezar a ser diferentes. A continuación tienes un ejemplo: Las normas de casa
• Aprendo a tratar a los demás: no insulto, no pego y no grito.
• Cuando me equivoco pido perdón. • Cuido las cosas y las guardo.
• Veo la televisión y cuando acabo la apago. • Ayudo a mamá y a papá a poner y a quitar la mesa; así aprendo.
• Cuando quiero salir pido permiso.
Si te ayuda, no dudes en colocar un cartel en un lugar visible de tu casa para que todo el mundo conozca lo que debe hacer, aunque claro, eso no garantiza que se cumplan. Para conseguirlo, necesitamos práctica. Además, es imprescindible que a la norma le acompañe su consecuencia (tanto positiva como negativa). Más adelante veremos algunas maneras de hacerlo.

¿Por qué nos cuesta poner límites a nuestros hijos?

 Aumenta la inteligencia de tu hijo
Muchas veces nos cuesta imponer las normas porque no estamos plenamente convencidos de ellas. Si tienes dudas en cuanto a una norma en concreto, reví- sala para ver qué está fallando. Si tú no lo tienes claro, lo más probable es que tu hijo perciba esa inseguridad y no consigas instaurarla. En ocasiones lo que sucede es que nos sentimos demasiado presionados por los demás. Por ejemplo, tenemos claro que no podemos comprar a los niños todos los juguetes que nos piden. Sabemos que de hacerlo aprenderán poco sobre la importancia del esfuerzo y les costará aceptar que no se puede conseguir todo lo que se desea. Pero recibimos una fuerte presión para comprar y comprar. La publicidad de la tele es continua, los juguetes están accesibles en cualquier temporada, parece que no eres un buen padre si no le compras algo por haberse portado bien en casa, etc. Debemos estar atentos a todas estas presiones y evitar que sigan influyendo en lo que nosotros deseamos conseguir. Una vez más: tú eres el adulto y pones la norma. Debes pensar en ella, conviene que hables con otras personas y te informes y que llegues a un consenso, pero todo debe partir de tu deseo pues tú eres quien educa. Tu hijo, en cuanto pueda, empezará a mostrar negación hacia la norma. Alrededor de los 2 años puede empezar a decirte a eso que NO. Deberás creerte que realmente eres tú quien dice lo que se puede o no se puede hacer, aunque te cueste, aunque te parezca que le estás haciendo daño... Pero tu hijo necesita saber que eres tú quien pone las normas, pues eso le permite desarrollarse en un entorno seguro. A medida que vaya creciendo y aumente su capacidad de razonar podrá ir participando en la elaboración de esas normas y, ya adolescente, incluso deberéis intentar llegar a acuerdos sobre las mismas. En algunos momentos será necesario insistir en unas normas determinadas frente a otras. Una vez conseguidas, es posible que surjan nuevas situaciones a las que haya que poner reglas. Y es que la vida no es siempre igual, por eso las normas se pueden ir modificando y adaptándose a las nuevas situaciones. Cuando las normas se han vivido de forma razonada y coherente acaban teniendo validez para tu hijo no sólo porque tú lo dices, sino porque él las considera importantes.

¿Qué hacer cuando tenemos hijos de diferentes edades? Las normas básicas pueden y deben ser comunes. Está claro que no todos los hijos se deben acostar a la misma hora, pero tus hijos pueden aprender que la norma no es la hora en sí, sino que cada uno tiene un momento para irse a la cama. Las normas de respeto hacia las personas y las cosas son para todos, así como aquellas dirigidas a cumplir con las responsabilidades de cada uno. Es conveniente que cada uno sepa que debe contribuir con algo para que la casa funcione bien. A veces conviene ponerlo por escrito en un lugar visible para todos: ¿de qué se ocupa papá o mamá o el hermano mayor? Cada uno tendrá tareas en función de su edad y de sus capacidades.

La importancia de poner límites a nuestros hijos.

Además del horario, es conveniente que en nuestro hogar existan una serie de normas que contribuyan a un crecimiento sano de nuestros hijos, y al desarrollo de una convivencia adecuada. Algunos padres piensan que sus hijos no son capaces de entenderles hasta que no han adquirido un nivel suficiente de lenguaje. Pero lo cierto es que los niños, antes de pronunciar cualquier palabra, son capaces de comprender muchos mensajes.
 Para que sean realmente útiles las normas deben ser:
• Claras y sencillas. No pierdas el tiempo con demasiadas instrucciones, pues lo más probable es que tu hijo pequeño no las entienda. Y cuando son mayores, si nos alargamos demasiado con las normas, podemos caer en el error de sermonearles continuamente. Así que, si ese objeto no se toca, dile: «Eso no se toca» en lugar de: «¡Estoy harto de que toques todo lo que encuentras! ¡Deja eso inmediatamente en su sitio si no quieres tener problemas!».
• Coherentes. Es importante que no sean el resultado de un impulso o una improvisación. Las normas deben pensarse para no aplicarlas de forma arbitraria.
• Descritas con sus consecuencias. Tu hijo debe aprender qué pasa si no cumple con la norma. Las consecuencias deben estar claramente definidas y ser conocidas por todos.
• Firmes. Como veremos más adelante, el tono de voz con el que te diriges a tu hijo va a ser fundamental para transmitirle la importancia de la norma. Ni hablar alto ni de forma agresiva conseguirá mayor efecto que si te diriges a él de una forma clara y firme.
• Para todos. Todos debemos cumplirlas. De nada servirá que le digas a tu hijo que hay que comérselo todo si a ti no te gusta la mayoría de los alimentos o que debe leer si tú no coges un libro. Tú eres el ejemplo. Por otro lado, las normas no son personalizadas. Si nadie puede gritar, no se lo puedes permitir ni a tu hijo pequeño ni al mayor.
• Necesarias y suficientes. Elaborar un gran número de normas no garantiza que tu hogar vaya a funcionar mejor. Es esencial que dediques un tiempo a elegir aquellas normas especialmente importantes en tu casa, entre las que conviene destacar: el respeto hacia los demás y las cosas, contribuir al orden o responsabilizarse de las tareas asignadas.
• Adaptadas al grado de maduración de tus hijos. Cada niño tiene su propio ritmo de desarrollo y aceptarlo es fundamental para ir exigiéndole cosas. Cuando establezcas las normas piensa en lo que tu hijo puede hacer; si le pides más, corres el riesgo de que no lo consiga y eso aumentaría su inseguridad y frustración (además de convertirse en una lucha continua); si le pides menos, estarías favoreciendo la sobreprotección e impidiéndole crecer con confianza en sí mismo. ¿Quién pone las normas? Las normas las pone el adulto. Tú eres quien sabe lo que quieres enseñar a tu hijo, aunque a veces te surjan dudas sobre el modo de conseguirlo. La mayoría de las veces hemos tenido poco tiempo para pensar sobre todo esto. Por eso, antes de precipitarse, es conveniente reflexionar sobre lo que deseamos conseguir.
Para ello:
• Valora lo que has recibido de tu educación y utiliza aquello que te ha sido útil. Recuerda la manera en la que tus padres te educaron y rescata lo que te ha ayudado a sentirte bien y a confiar en ti mismo. A lo mejor te ayudó que tus padres te enseñaran a cuidar los juguetes o a no conseguir todo aquello que pedías. También piensa en aquello que consideres que se podía haber hecho de una manera diferente para no repetirlo con tus hijos.
• Utiliza otros modelos. A lo largo de tu vida habrás encontrado otros estilos educativos (observando a otros padres, experiencia con maestros, etc.). Sírvete de lo que has visto para aplicarlo a tu forma de educar.
• Intenta tener claros los valores que deseas transmitir. Si por ejemplo para ti la sinceridad y el respeto son importantes, dales cabida en tus normas.
• Lee e infórmate. Existen estrategias y técnicas específicas que nos ayudan a acercarnos a los niños para participar en su proceso educativo.
En la elaboración de las normas es imprescindible que haya consenso entre los adultos que educan al niño. Para lograrlo es necesario hablar con las personas implicadas, intentando encontrar lo que realmente es mejor para el menor. Si a tu hijo lo cuidan abuelos u otras personas, comunícales cuáles son las normas y qué vais a hacer cuando se cumplan y cuando no. Habla con tu pareja sobre lo que consideráis importante en la educación de vuestro hijo y estableced la manera de conseguirlo. No se trata de imponer nuestra forma de entender las cosas. Cada uno de vosotros ha sido educado en un contexto diferente y posiblemente hayáis vivido situaciones distintas. Intentad llegar a un consenso. A veces ayuda hablar con otras personas (padres, profesores, psicólogos, etc.) pues nos dan pistas sobre la manera de abordar determinadas situaciones. Es cierto que sólo si estamos convencidos de que pueden ser útiles podremos asumir los consejos y orientaciones de los demás, por lo que es importante mantener una actitud abierta y reconocer que existen otros puntos de vista y maneras de hacer las cosas. Cuando hayáis decidido las normas que queréis que regulen vuestra familia, deberéis hacer lo posible para mantenerlas. Es importante que las personas implicadas en la educación del niño sean constantes en la aplicación de las normas y así evitar que el niño reciba mensajes contradictorios. Aunque cada familia pone las suyas, está claro que existe una serie de normas imprescindibles para garantizar la convivencia y un adecuado desarrollo de los niños.

Son normas esenciales:
• Las que respetan sus necesidades básicas: horas de comer y de ir a la cama, fundamentalmente.
• Las que le enseñan a respetar a los demás y a las cosas: no se insulta, ni se grita, ni se pega; no se tiran las cosas ni se rompen los juguetes...
• Las que permiten un adecuado desarrollo de su autonomía: dejamos que los niños hagan solos lo que pueden hacer por sí mismos.
• Las dirigidas a repartir las responsabilidades entre los miembros de la familia.

La importancia de las rutinas

Saber en cada momento lo que va a suceder nos permite sentirnos más seguros. Anticipar que ahora vamos a comer o irnos a la cama permite al niño desarrollarse en un entorno organizado que le ayuda a estructurar su mente y su comportamiento. Por eso, un buen comienzo para conseguir que nuestro hijo asuma responsabilidades y no proteste por todo es organizar el tiempo, es decir, hacer un horario que recoja cómo está organizada nuestra vida familiar. Este horario no puede ser común para todas las familias pues las circunstancias son muy diferentes como también lo son las preferencias. A lo largo del día deben quedar recogidos los tiempos para comer, para dormir y para asearse como hábitos básicos en el desarrollo del niño. Pero también son importantes otros tiempos dedicados al juego, a las relaciones con los demás, al deporte, etcétera. El tiempo se aprovecha más y mejor cuando uno está organizado. En ese horario también puede quedar recogido, siempre que sea posible, un reparto de responsabilidades. Mientras uno de los padres prepara la cena, el otro puede bañar al niño. Cuando tenemos varios hijos, podemos alternarnos con nuestra pareja para que cada uno se ocupe de un niño en los momentos de aseo o de ir a la cama. Así, si hoy bañas al pequeño mientras tu pareja acompaña al mayor, mañana puede hacerse a la inversa. En estos casos es importante que se respeten las mismas rutinas y consignas. Si tu pareja permite que vuestro hijo mayor se enjabone la cabeza él solo, hazlo tú también de esta manera. El niño sabe que está con vosotros, pero que las cosas se hacen independientemente de si está con su padre o con su madre, y eso favorecerá enormemente la autonomía y la consolidación de cualquier norma. Esta organización, costosa cuando nunca la hemos puesto en práctica, nos permite sentir que controlamos el tiempo, aunque estemos continuamente ocupados. La mayoría de los padres tenemos la sensación de que todo va muy rápido. Estamos deseando acostar a los niños para recoger un poco, preparar las cosas del día siguiente, hablar de nuestras cosas, cenar, etc. Esa ansiedad suele llegar a los niños que, por ejemplo, viven el momento de ir a la cama como «se quiere deshacer de mí». El horario contribuye a eliminar esta tensión, siempre que lo vivamos como una ayuda y como algo que nos permite mantener una relación más relajada con nuestros hijos. Lo más probable es que ellos protesten menos con una buena organización y eso relaja a cualquiera.

Algunas consideraciones sobre los horarios: 
• Cuida especialmente los momentos de alimentación y descanso. Cuando un niño ha comido y dormido bien, está mucho más tranquilo y feliz.
• El horario debe cubrir principalmente las necesidades de los niños y no supeditarse a las del adulto. Si tu hijo necesita dormir diez horas, debes asegurarte de que  se acuesta a la hora que le permite descansar ese tiempo. Y si ese día no puede ver a su padre/madre porque vuelve tarde del trabajo, pues no pasa nada, le verá al día siguiente.
• El horario debe respetarse. Es cierto que debemos ser flexibles con el tiempo y no agobiarnos cuando se modifica, pero no podemos dejar que el horario dependa, por ejemplo, de nuestro estado de ánimo. Si solemos acompañar a los niños a la cama en torno a las nueve y hoy estamos muy cansados porque hemos tenido un día duro, no podemos cogerles sin más y meterles en la cama una hora antes; ni permitirles que se queden hasta las diez porque hoy nos apetece jugar con ellos. Si les «enseñas» que el horario se puede cambiar porque sí, entonces ellos también «exigirán» esos cambios cuando les apetezca.
• Es importante que el horario esté consensuado y sea respetado por todos. Los niños deben aprender que determinadas cosas se hacen independientemente del adulto que esté con ellos.
• Anticipa a los niños el cambio de actividad. El horario es una ayuda siempre que no funcione a toque de corneta. Es necesario que el niño conozca con un mínimo de antelación lo que va a suceder después. Ten en cuenta que tu hijo pequeño no entiende ni de horas ni de relojes y que eres tú quien va poniendo ese conocimiento con las rutinas. Y es normal que no deje los juguetes y salga corriendo al baño a la hora que has fijado. Necesita que le avises que vais a bañaros con un poco de anticipación. Basta con que le digas: «Dentro de un ratito vamos a bañarnos» y se lo recuerdes una vez más con alguna otra instrucción: «Vamos a bañarnos dentro de poco; es hora de recoger los juguetes».
• Intenta que el horario incluya un tiempo para ti y para tu pareja. Seguramente te parece imposible; a veces no se cuenta con suficiente ayuda y las demandas de los niños son muchas. Pero si hay un tiempo organizado en el que tu pareja juega con tu hijo, a lo mejor puedes ponerte a leer un rato o hacer algo que te apetezca. Y si podéis tener un rato después de acostar a los niños para charlar y estar juntos, pues mucho mejor.

Crianza con apego.

Al hablar con familiares o conocidos, los términos de crianza con apego, crianza respetuosa, o simplemente, educar a nuestros hijos sin violencia ni golpes, le parece a mucha personas ideas “nuevas”, “inventos”, “no va a resultar”, “a mi así me educaron y no me traumaron”. Muchas ideas sobre este tema vienen del “Attachment parenting”. Es un término usado por el Dr. William Sears (www.askdrsears.com), en google pueden encontrar muchísimas páginas sobre este tema en diversos países, en España, por ejemplo, existe la Asociación Criar con el Corazón. La idea del “vínculo paternal” o “attachment parenting” se remonta a los años cincuenta, con estudios del psiquiatra John Bowlby. El apego entre padres e hijos es “una necesidad biológica” y algo común en todos los primates, sostiene Bowlby. En cada fase de crecimiento, los niños (las crías) buscan la proximidad, el contacto y la protección de una persona adulta. Durante siglos, ésa ha sido la clave de la supervivencia. El doctor William Sears, padrino del “attachment parenting“, tiene más de una década rebelándose contra la pediatría oficial y promueve una relación más cercana y armoniosa entre padres e hijos.
 • En síntesis, ¿cual es la idea? el respeto, respetar al niño como a cualquier otro individuo, respetar sus ritmos de crecimiento, respetar sus horarios, respetar su necesidad de contacto, respetar el derecho del bebé a una lactancia materna y si por alguna razón no puede realizarse, que sea con la mayor información, respetarlo desde que viene al mundo, tratando de que sea en las mejores condiciones posibles (que las mejores condiciones no son necesariamente un lujoso hospital).
• Esto no significa que vamos a ser esclavos de nuestros hijos, ni que criaremos niños desobedientes, de esos que dan miedo; de hecho muchos de esos niñitos que no entienden nada, es muchas veces por que los papás recurren al grito, a la nalgada, a dar objetos en lugar de dar tiempo y atención, o a “métodos” que de inicio parece que eliminan el problema, pero que a la larga ocasionan aun mas.
• Esta forma de crianza es el cimiento de una maravillosa relación, al inicio parece duro, además de la presión del entorno, yo puedo atreverme a afirmar, ahora con mi hija de siete años, y otra de 20 meses, que todo ha valido la pena.
• Esto no es una moda, un sinnúmero de familias hacemos crianza con apego o attachment parenting sin saberlo, o sin leer nunca un libro especializado, se trata de escuchar al instinto, al corazón y a nuestros niños. • No se trata de criar niños consentidos, pero no aplica el “no lo cargues por que te va a tomar la medida” “si son listillos los niños“; ¿por que? por que sí; los niños son listos, saben lo que quieren y quieren a mamá y a papá, contacto físico, atención verdadera, en pocas palabras, los niños necesitan más brazos, gados, pero manteniendo la proximidad física y el contacto. El pediatra del “apego” defiende a capa y espada las virtudes de la cama familiar (dormir con nuestros hijos en la misma cama o la misma habitación) y resume sus siete “mandamientos” en dos: cree en el llanto de tu hijo y ¡cuidado con los “expertos”! han servido de acicate para miles de padres de todo el mundo, reunidos en Attachment Parenting International, que cuenta ya con grupos en países europeos como Gran Bretaña, Holanda y Alemania. Según William Sears y muchos otros defensores de la crianza con apego, los cimientos del “vínculo” se crean en el nacimiento, en ese “período sensitivo” tan común para todos los mamíferos y tan ajeno a los asépticos protocolos hospitalarios. La lactancia, y el contacto piel a piel con la madre, es una fuente de alimento no sólo material sino también emocional para un niño en los primeros meses de vida.
mimos, ser escuchados y contacto físico y menos Wii y televisión.
• Tampoco es dejar que hagan toooodo lo que quieran, yo no dejo a mi hija que maneje la estufa, ni que salga cuando quiere, ni que coma dulces hasta reventar, es más, siendo tan “consentidora” como soy, mucha gente se ha sorprendido de lo obediente que es mi niña y de cómo nos entendemos.
• No es un “seguro de buen comportamiento”. Muchos padres buscan en libros, en internet, “los siete pasos para que nuestros niños no nos den problemas” o “cómo solucionar los problemas sin esfuerzo”, un niño criado con apego tiene dias de berrinche, puede ser que tarde para dejar el pañal, puede ser tímido, puede ser un niño muy inquieto, o terriblemente distraído; son niños, con toda la complejidad de los seres humanos, yo no aseguro que serán unos angelitos que digan “si señor”, se coman todas las verduras y levanten sus juguetes al terminar de jugar, pero puedo asegurar que uno al hacer el esfuerzo de entenderlos y buscar otras formas para hacernos comprender, seremos mas felices y será un poco mas fácil superar esos pequeños y grandes retos del día a día.
• Parece que es complicado, pero es más complicado “desconectarte” de tus hijos, pegarles en lugar de hacer el esfuerzo de razo- “No quiero entrar en lo que es bueno o malo para el niño a largo plazo, si va a ser más o menos inteligente porque duerma contigo o lo lleves en brazos. Lo que los niños necesitan, hoy y ahora, es afecto y proximidad. Y lo que han aconsejado por desgracia los ‘expertos’. Durante muchos años, es justo lo contrario, hasta el punto de prohibir casi el contacto entre madres e hijos”. nar con ellos, ponerlos frente a la TV en lugar de regalarles un ratito, aunque te sea urgente lavar los trastes, o darles cosas en lugar de darles tiempo, muchas de estas cosas, de momento funcionan, pero a la larga, generan mas problemas.
• No significa que son “reglas” rígidas para hacer las cosas, son conceptos que pueden adaptarse a cada familia, por que cada familia es única, tiene su dinámica y sus reglas. Cuando un niño tiene lleno su “tanquecito” de brazos, comienza a pedir que se le ponga en el piso y, poco a poco, se hará mas independiente porque tiene la seguridad de que su mamá responde a sus necesidades y se crea una relación de una mamá que conoce bien a sus hijos y viceversa. En cuanto al tema de la lactancia, jamás leerás que la leche artificial es mejor que la leche de mamá, habrá “mamis” que por alguna razón no hayan podido dar pecho, pero pese a las circunstancias de cada quien, la leche materna es lo mejor para un bebé y ninguna leche comercial la supera. Sobre el tema de disciplina, todas hemos tenido un mal dia, probablemente alguna vez hayamos perdido los estribos y dado una nalgada o dicho alguna palabra dura, pero nunca van a encontrar un “es necesario pegarles”, “si no los disciplinas se te suben a la cabeza”, “la nalgada a tiempo es buena” “no pasa nada, sólo fue una nalgadita”, pero si encontrarás “cómos”, tips para el dia a dia con tus hijos sin recurrir a los golpes ni a la agresión verbal.

Por LETICIA JIMÉNEZ.

¿Cómo enseñar las normas a nuestros hijos?

En el momento en que nacemos todo lo que nos rodea es un mundo nuevo a explorar.
Poco a poco vamos reconociendo a las personas más significativas de nuestro entorno y adquiriendo una serie de comportamientos ligados a las acciones cotidianas. A través de las rutinas el niño empieza a entender cómo se va organizando su vida y eso le permite controlar su conducta y sentirse cada vez más seguro. Si el niño sabe lo que «le toca hacer» en cada momento es mucho más fácil conseguir que lo acepte de buen grado que si cada día se le pide hacer algo diferente, en un orden totalmente arbitrario o sujeto a los cambios en las preferencias de los adultos. Por eso nos esforzamos en poner normas que, en principio, no son más que una forma de recoger la vida cotidiana. Las normas básicas están relacionadas con los hábitos de comida, higiene y sueño. Así, con los bebés nos esforzamos para que coman, se bañen y duerman en un momento determinado. Esa rutina se adquiere a través de la repetición y habrás observado cómo el niño se altera o cambia de humor cuando este horario sufre modificaciones. A medida que el niño crece y sobre todo con la adquisición del lenguaje (a partir de los 18 meses), las normas se van haciendo más complejas y empiezan a incluir otro tipo de acciones que nuevamente se incluyen dentro de las rutinas cotidianas. Poco a poco también añadimos normas relacionadas con la convivencia y así le pedimos que no grite o que pida las cosas «por favor». Y a medida que va creciendo, tu hijo irá «reclamando» su participación en la elaboración de las normas, descubriendo así su utilidad y la posibilidad de ir tomando decisiones.
• Recuerda que la única manera que tenemos de conseguir que los niños aprendan qué conductas son adecuadas y cuáles no es habituándoles a una secuencia de actividades que se repiten día a día y haciéndoles ver que tanto cumplir con ellas como no implica unas consecuencias.
En resumen, podemos hablar de distintos tipos de normas:
• Normas relacionadas con los hábitos y rutinas. Es hora de levantarse, de comer, de ver la tele... Este tipo de normas se estructuran con la repetición diaria. Si el niño sabe lo que tiene que hacer, le costará mucho menos realizarlo. Los más pequeños asumirán con naturalidad que ahora les toca bañarse o comer.
• Normas relacionadas con la convivencia y límites. Son del tipo: debemos hablar sin gritar, no se pega, las cosas se piden por favor, no se toca...
 Se trata de normas que vamos transmitiendo a nuestros hijos normalmente a través del lenguaje, aunque no tenemos que esperar a que ellos hablen para que las vayan escuchando. Los niños, desde bien pequeños, aprenden el significado del «no» y entienden que el adulto les avisa de una prohibición o de un peligro.

Nuestros hijos y los límites.

Una norma recoge lo que se puede o no se puede hacer en tu casa. Cada familia pone sus normas y las va creando en función de las necesidades que van surgiendo. La mayoría de nosotros tiene muy claro cómo queremos que se funcione en casa. No deseamos gritos, ni peleas, ni que se tiren las cosas, ni que haya que estar detrás de todo el mundo recordándole lo que tiene que hacer... Sabemos lo que queremos, pero ¿cómo conseguimos que sea aceptado por todos?, ¿qué podemos hacer para que se convierta realmente en una norma?
En la mayoría de los casos las normas no se cumplen por alguna de las siguientes causas (o por varias de ellas):
• Porque no ha habido consecuencias positivas ni negativas. Imagínate que te dicen en tu trabajo que no se puede fumar. Enciendes el primer cigarrillo y nadie te dice nada. ¿Qué haces con la norma? Olvidarla y seguir como hasta ese momento.
• Porque los modelos de referencia no las cumplen. Supon que en tu casa establecéis la norma de que hay que ducharse todos los días, pero tú no lo haces. Para tus hijos dejará de ser una norma porque alguien tan importante como tu no la cumple.
 • Porque hay una contradicción entre normas. Si tu pareja dice que en casa no se grita, pero tú lo haces continuamente, o si tú decides que hay que comerse todo lo del plato, pero tu pareja se lo retira cuando el niño dice que no quiere más, entonces no existe una norma clara, por lo que dejará de tener efecto sobre tu hijo.
• Porque la norma es inconsistente, es decir, sólo hay que cumplirla en determinados casos. Como ahora estoy cansada para insistir, permito que mi hijo se levante de la mesa; pero mañana no le dejo levantarse hasta que no se lo coma todo. Esta inconsistencia enseña al niño que las normas no son importantes, porque todo depende de cómo se encuentren papá o mamá en ese momento.
Tu hijo debe saber que las normas ayudan porque: 
• Facilitan la convivencia.
• Permiten que nos llevemos bien y que no haya discusiones.
• Nos ayudan a crecer y a hacernos mayores.
• Nos dejan tiempo para hacer cosas divertidas.

Nuestra casa, la importancia del entorno.

La forma en que estructuramos el tiempo y el espacio es mucho más importante de lo que creemos. El hogar es el entorno más inmediato del niño y a través de las actividades que realiza en él, de los objetos que maneja y de las personas con las que convive tu hijo estructura su mente, empieza a tener nociones sobre el tiempo y sobre las cosas. Como veremos más adelante, el horario es imprescindible a la hora de educar. Cuando las actividades se repiten día tras día, el niño entiende que hay una secuencia lógica y aprende a anticipar qué actividad viene después y a prepararse para llevarla a cabo. Seguramente, cuando tu hijo era un bebé, empezaba a llorar de hambre al segundo de haberle sacado de la bañera, porque tú le enseñaste que después del baño venía la cena. Lo mismo ocurre con las demás actividades. Lo normal es que un niño que sabe lo que viene después no tenga demasiados problemas en cambiar de actividad. Sabe que después de cenar se irá a la cama y lo vive con naturalidad porque así ha sido desde que ha nacido. Por eso, cuando no existe un horario fijo y cada día se actúa de una manera diferente, los niños no poseen ese referente que les permite anticipar lo que viene  después. En esos casos es normal que surja el conflicto, pues los niños dependen de la voluntad cambiante del adulto y no de una estructura clara a la que habituarse. No haber tenido un horario hasta el momento puede deberse a múltiples causas, pero eso no significa que no estemos a tiempo de intentarlo en la actualidad. Los niños, sobre todo si son pequeños, se adaptan fácilmente a los cambios, sobre todo si contribuyen a que se sientan mejor. Algo parecido sucede con el orden. Al niño, por ejemplo, le resulta mucho más fácil irse a dormir si lo hace siempre en el mismo sitio y con unas condiciones ambientales similares. Tener su cama, sus muñecos, etc., le ayudan a sentirse seguro. Si las rutinas son algo habitual en su vida, surgen menos dificultades cuando se introducen cambios. Si sabes dónde guardas las cosas, si encuentras lo que necesitas para funcionar, si dedicáis un tiempo a ordenar, etc., tu casa se convertirá en un buen referente para que el niño pueda desenvolverse sin problemas. Pero si todo está tirado, si nunca encuentras nada, si pierdes cantidad de tiempo buscando las cosas..., te sentirás fatal y tu hijo se encontrará totalmente desconcertado. Con estos referentes es como si estuviéramos amueblando su mente, poniendo las estructuras básicas a partir de las cuales se puede sentir seguro e ir afrontando nuevas situaciones con confianza.

Y tú ¿cómo educas?

El estilo que adoptamos con nuestros hijos contribuye de diferentes maneras en su desarrollo y en la adquisición de los diferentes hábitos. Sin darnos cuenta, la mayoría de las veces repetimos los patrones que nuestros padres han utilizado con nosotros. Aquella frase que tu madre te repetía sin parar y que tanto te molestaba, posiblemente la has utilizado para decir a tu hijo que recoja o que se lo coma todo. ¿Por qué ocurre esto? Pues porque no conocemos otro modo de educar. A veces tenemos muy claro lo que queremos, pero no sabemos cómo llevarlo a cabo y terminamos recurriendo a los castigos de siempre. Por otro lado, el estrés al que estamos sometidos no contribuye demasiado a nuestra vida familiar. La mayoría de las veces estamos demasiado cansados para imponernos, tenemos demasiadas cosas que hacer como para estar pendientes de lo que los niños hacen o recibimos demasiadas presiones del exterior para que nuestra familia sea de una determinada manera o tenga un montón de cosas, por lo que nos resulta realmente complicado que en casa se pueda funcionar de una manera relajada. Nuestra forma de ser, el aprendizaje que hemos tenido y nuestra situación familiar pueden dar origen a diferentes modos de educar a nuestros hijos. A continuación encontrarás cuatro de los estilos educativos más representativos. Intenta descubrir qué aspectos utilizas tú en tu labor como padre/madre: 

• Estilo autoritario. «Las cosas se hacen porque lo digo yo». En este caso existen normas muy claras y consecuencias muy dañinas si no se cumplen. 
La agresión verbal o física suelen estar presentes en este estilo y el niño aprende a hacer caso a aquella persona que impone la autoridad, pero no aprende a realizar las conductas adecuadas.

Si actúas siempre de forma autoritaria, tu hijo no aprenderá a distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, porque todo depende de tu criterio. Es posible que crezca con miedo y con falta de iniciativa.

• Estilo permisivo. «Haz lo que quieras, me da igual». En este caso no hay normas, aquí todo vale. Da igual a qué hora se coma o lo que se coma, si hay que jugar de una determinada manera, si se puede poner la tele cuando uno quiera... Lo importante es que no se moleste. El niño que vive este estilo parental no tiene límites porque está acostumbrado a hacer lo que le parece.

Si actúas siempre de forma permisiva, tu hijo aprenderá rápidamente que puede hacer lo que le viene en gana y no atenderá a razones ni a normas cuando trates de imponérselas. Posiblemente se convierta en una persona poco responsable, evitará el esfuerzo y será bastante infantil.

• Estilo sobreprotector. «No hagas eso que puedes hacerte daño». Cuando adoptamos este estilo optamos por proteger a nuestro hijo impidiendo que realice cosas que podría hacer por sí mismo. Nos encargamos de vestirle o de ducharle, porque, según nosotros, él no sabe. Pero también hacemos lo posible para que no llore, no se disguste o no le vayan las cosas mal. El niño en ambiente sobreprotector espera que se lo den todo hecho y difícilmente puede afrontar las diferentes situaciones de la vida diaria por sí solo. Siempre necesita que haya un adulto cerca. 

Si con frecuencia actúas de forma sobreprotectora, tu hijo no aprenderá a hacer nada por sí solo, dependerá siempre de ti. A estas edades, lo más probable es que tu hijo crezca rodeado de miedo e inseguridades. Más adelante puede rebelarse contra todo aquello que tú consideras adecuado.

• Estilo democrático. «Voy a enseñarte a que te desenvuelvas por ti mismo». Bajo esta forma de entender la educación el padre o la madre saben que pueden contribuir a que su hijo se desarrolle plenamente y para ello son necesarios unas normas, límites y rutinas que le ayuden a organizarse y le permitan ser cada vez más autó- nomo. El niño aprende lo que tiene que hacer porque le han enseñado a hacerlo. 

Si actúas de forma democrática, tu hijo sabrá distinguir las conductas adecuadas de las que no lo son, independientemente de que le premies o castigues por ello. En general, será una persona segura de sí misma, con capacidad para opinar y tomar decisiones. 

Ninguno de estos estilos suele darse en estilo puro. A veces educamos de forma autoritaria, otras permisiva... Y en ocasiones encontramos en un mismo hogar diferentes modos de tratar a los niños. Estas situaciones pueden generar bastante confusión pues no damos la posibilidad de que el niño aprenda a qué debe atenerse. Algunos padres admiten que su estilo autoritario está reforzado porque les da buen resultado. Han descubierto que un grito a tiempo consigue que sus hijos se estén quietos. Otros padres dicen que ya no pueden más, que se sienten demasiado cansados para poder ejercer algún tipo de influencia sobre sus hijos y que por eso optan por el estilo permisivo. En otras familias la situación de sus hijos, por ejemplo haber vivido una larga enfermedad, les ha «obligado» a sobreprotegerle. 
Las consecuencias negativas de los tres primeros estilos educativos son muy evidentes. No se trata de tirarse de los pelos si te has sentido identificado/a con alguno de ellos, sino de reconocer las implicaciones que en la educación de tus hijos tiene el hecho de que optes por ser autoritario, permisivo o sobreprotector. Sobre todo porque queremos mantener relaciones adecuadas con nuestros hijos y que éstos logren la autonomía que necesitan para sentirse seguros y felices. A lo largo de estas páginas encontrarás pistas y estrategias que te ayudarán a fortalecer el estilo democrático, con el cual podrás empezar a vivir la relación con tu hijo de una manera más relajada. El objetivo es dejar de ser la persona que controla el comportamiento del niño, para convertirnos en su entrenador, en alguien que le ayuda a fortalecer las habilidades que necesita para desenvolverse sin problemas en la vida y todo ello desde el cariño y el respeto mutuo.

¿Qué deben saber los padres con bebes de 7 a 24 meses?

Los niños que han recibido los cuidados adecuados y a los que se les ha preservado su hábitat van creciendo y necesitan sentir además que son respetados en aquello que realizan. Pero no sólo en lo que hacen, sino en el tiempo que tardan en hacerlo.
Cada niño tiene su ritmo, y querer forzarlo hace que el niño sienta que hace mal las cosas. La introducción forzada de alimento, los métodos traumáticos para que el niño duerma y los castigos severos ante el control de esfínteres van a provocar un menoscabo de la autoestima del menor.
Entre los 7 y los 24 meses, la mayoría de niños suelen presentar ansiedad. Para el profesional entrenado es fácilmente observable mediante tests musculares, o con la forma de garabatear cuando ya son algo mayores. ¿Por qué? Pues porque se les obliga a ir a un ritmo sin tener en cuenta el suyo. Como citaba al principio de este apartado, «las personas hervimos a diferentes temperaturas»; esto es, cada una necesita un tiempo distinto para hacer y adaptarse a las cosas. Los niños también.
Pero con los niños no se tiene en cuenta. Es normal saber andar entre los 11 y los 18 meses, pero como usted tenga un bebé que no sepa andar alrededor del año ya le van a mirar mal. La enuresis (hacerse pipí) no se considera problemática hasta pasados los 5 años, pero como su hijo vaya a la escuela con 3 años y lleve pañal le mirarán mal.
Los niños entre 7 y 24 meses son forzados en los aspectos más importantes de su vida, ya que en esa edad es cuando se dan los mayores aprendizajes:
o La alimentación complementaria.
o La deambulación (gatear, andar).
o La superación de la angustia de separación.
o El control de esfínteres.
Pero no se respetan sus tiempos y el día en que el niño cumple los 7 meses nos lanzamos como locos a una carrera para que tome papillas, o llegados los 2 años queremos sacar el pañal cueste lo que cueste en un par de días. Total, si otros lo consiguen, ¿por qué no el nuestro? Pues no tiene por qué ser así: cada niño tiene su tiempo.
El problema radica en que cuando un bebé nace, la sociedad les regala a los padres dos valiosos objetos virtuales para su crianza: un cronómetro y un aro. Así, desde que el niño nace, el juego consiste en hacerle pasar por el aro al mismo tiempo que los demás. Es decir, llega el séptimo mes y, como la mayoría ya come papilla, el nuestro es obligado a tomarla, cuando la lactancia debe ser mayoritaria hasta el año y la papilla sólo es un «extra».
Resulta que llega el segundo año y nos ponemos como locos a quitarle el pañal sin mirar si está preparado: un niño no preparado, en lugar de controlar esfínteres, lo único que hace es contracturar la musculatura de la pelvis y realiza un mal aprendizaje.
No cree un problema donde no lo hay. Antes de forzar a su hijo, busque bien los periodos «normales» de adquisición de cada una de estas metas y no se deje guiar por los valores más frecuentes, ya que cada niño tiene su ritmo. Los otros niños son ordinarios, pero el suyo es extraordinario.
El tiempo respetado es la necesidad que tiene el niño de que se respete su tiempo de adquisición por varios motivos:
o Porque no hacerlo le produce ansiedad.
o Porque los periodos normales son más amplios de lo que se suele decir.
o Porque el cerebro del niño en esta etapa sólo tiene memoria implícita. La grabación de esos momentos de sufrimiento, debido a que es forzado, reñido o castigado por no adquirir unas metas para las que no está preparado, dejan una huella indeleble en él.

¿Cómo respetar el tiempo?
Hay que estar muy atentos al bebé y a sus señales. Él irá indicando el camino de cada una de estas metas. Por si no sabe verlo, su pediatra le indicará el momento más frecuente; cuando llegue ese día, intente estar más atento. Respecto a las principales metas que hemos comentado (comida, sueño, control de esfínteres y retirada del pañal).
¿Qué se le transmite al bebé con el tiempo respetado?
Un bebé al que se le respeta su ritmo de adquisición siente que es considerado, que lo que hace normalmente está bien. Si a usted le dijeran que hace las cosas bien, ¿no sentiría crecer su autoestima por momentos? Nuestros hijos también.
En cambio, si le dice que debe comer más, que debe dormir mejor, que haga menos pis... ¿no cree que su autoestima bajará?
Si su hijo se mueve dentro de una normalidad, no lo dude y respete sus tiempos y su ritmo.
El tiempo respetado no puede ir separado de la preservación del hábitat. Así, un niño al que en un primer momento se le dijo que era valioso, y ahora además sabe que se le respeta y que hace las cosas bien, será un adulto fuerte emocionalmente, seguro, con una sana autoestima y un apego sólido hacia sus progenitores.
Principales preocupaciones de los padres en este periodo
o La provocación.
Imaginen a un bebé de 8 meses sentado a la mesa. Coge un vaso de cristal y lo lleva hacia el borde mientras nos mira. Cuando lo vemos es demasiado tarde, el vaso está en el suelo hecho añicos. Le regañamos. Pero él no entiende: «Mamá se debe equivocar, con lo bonito que ha sido todo. Seguro que me regaña por otra cosa. Es imposible que sea por esto».
Al día siguiente se repite la historia. El niño coge el vaso y mira a su madre mientras lo lleva hacia el borde. La madre le dice: «¡No!»; pero el niño se ríe y sigue sin hacerle caso porque piensa: «Mamá, espera, si es bonito... Se cae y salen más trozos y hace ruido... Yo te lo muestro». Puede que la madre siga diciendo «¡No!» y el niño, mirándola con cara de pillo, llevará poco a poco el vaso hacia el borde hasta que la madre se lo quite o el niño pare y se quede contrariado.
La experiencia del niño es que aquello no es malo (incluso es divertido) y no entiende el daño que encierra aquella acción. Seguramente esta escena se repetirá más veces, puesto que la única forma que tiene de saber si una cosa está bien o mal es haciéndola y mirando en la cara de sus padres el resultado de lo que ha hecho.
El próximo día que lo haga sus padres comentarán: «Lo ves, ¡nos provoca! Ya le hemos dicho que no, ya se lo hemos quitado varias veces y él lo sigue haciendo, y encima lo hace poco a poco y se ríe mientras nos mira».
Este comportamiento suele tenerlo también con sus juguetes. Coge uno y lo tira. «¡Qué divertido, hace ruido y encima viene mamá y me lo devuelve!». La segunda vez la mamá ya le dice que no lo haga más, pero se lo recoge; y la tercera vez el niño coge el juguete, mira a la madre con cara de diversión y poco a poco le muestra sus intenciones de volverlo a tirar. No la está provocando, sino que juega con ella, como los perritos a los que les tiramos un palo, «yo tiro y tú recoges»; pero aparte está diciéndole a su madre: «¿No ves lo divertido que es esto?». Y como su madre le está dando a entender con su cara que no le parece divertido, él quiere comprobar si es por el juguete («¡No puede ser que por esto mi madre se ponga así; voy a repetirlo porque le voy a enseñar que no hay de qué preocuparse!»).
Ya lo ven, lo que son simples comprobaciones sobre si una cosa está bien o mal, o si su madre puede ver las cosas igual que lo hace él podemos interpretarlas como un reto, una provocación o una puesta a prueba. Pero no es eso.

¿Qué hacer cuando la gente se mete en la crianza de nuestros hijos?

Cuando uno tiene un hijo todo el mundo se cree con el derecho de opinar. Lo peor es cuando encima se creen capaces de hacerlo. Nadie ha tenido un bebé como el que usted tiene, nadie tiene una familia igual y nadie vive como usted; por lo tanto, nadie sabe lo que siente ni exactamente por qué hace lo que hace ni por qué le suceden las cosas que le suceden. Así que debe mantener la prudencia ante esas personas tan bien intencionadas. El problema es que muchas de ellas son personas próximas a nosotros y queridas, como una madre, una hermana o una amiga. A las personas de la calle puede evitarlas (si mi carnicera me censura, puedo ir a otra), pero a una madre o a una amiga no; las verá aunque no quiera. ¿Qué hacer para minimizar sus intervenciones y continuar con su amistad? Veamos: o Ignorar, asentir y distraer. Imagine que su amiga le está hablando de lo mal que está haciendo en llevar a su hijo siempre consigo. Puede ignorarla, es decir, escuchar y no hacer caso; ella contenta y usted también. Puede asentir en las cosas que cree que le sirven (no siempre todo el discurso va a ser negativo); ella pensará que le da la razón y usted hará lo que quiera. Por último, puede distraer, es decir, si ve que saca un tema en el que no le va a gustar lo que va a comentar siempre puede preguntar: «Por cierto, ¿te apetece un café mientras hablamos? Ven, que verás en la cocina... ». O, por ejemplo: «¡Ah! Perdona que te interrumpa pero me escapo un momento al baño que no puedo más». O, el socorrido: «Hablando de niños... ¿Qué tal tu novio?». En este caso, se ríen las dos un rato. o Dar información o mencionar a un profesional. Ninguna madre (y padre) hace las cosas porque sí. Normalmente, antes de tomar una decisión sobre su hijo ha leído libros o ha hablado con su pediatra. Ante una persona que le lleve la contraria, utilice como argumento aquella información que avale lo que usted piensa. En el raro supuesto de que haya dos opiniones suficientemente contrastadas, cuando la otra persona le diga las suyas, haga como una amiga mía, que le dijo a su sue gra:7 «Sí, en este caso hay dos caminos, y nosotros queremos ir por éste». o Mejorar su uso del lenguaje. A veces vale la pena tener preparadas (incluso memorizadas) las respuestas.
Cuando la gente de mi alrededor «criticaba» la lactancia de mi hijo con tan sólo un año, aprendí respuestas del tipo «Es que la OMS (Organización Mundial de la Salud) y Unicef dicen que se debería amamantar en exclusiva hasta los 6 meses, y luego hasta mínimo 1 año o los 2 años». Cuando mi pequeño hizo año y medio me volví más irónica y tenía respuestas del tipo «Es que mi religión me prohibe destetar». La verdad es que cuando nombras la religión la gente desiste de convencerte. Como mucho me preguntaban: «¿Y qué religión es ésta?», y yo les respondía: «Filioegoísta practicante», es decir, que doy prioridad a mi hijo por encima de todo. Cuando mi hijo tenía 2 años o 2 y medio, mis respuestas cambiaron, y un simple «Es que me gusta más así» acallaba muchas discusiones. o Dar a conocer nuestros sentimientos. Se supone que las personas que le taladran los oídos son personas cercanas y queridas (si no lo son, a veces no vale la pena hacer nada; simplemente ignórelas); por lo tanto, podemos explicarles cómo nos hacen sentir y les vamos a pedir que, en virtud de ese amor y/o amistad, no prosigan. No vamos a hablar de hechos, porque cada uno los puede interpretar de una manera, sino de sentimientos, y nadie le puede discutir los suyos (usted es la única que sabe cómo se siente).
El discurso o la petición se compone de las siguientes partes:
■ Cuando tú... (aquí decimos lo que no nos gusta de lo que estamos oyendo).
■ Yo me siento... (explicar lo que nos duele con esa crítica).
■ Preferiría... (le pedimos que, como persona cercana y que nos ama, no siga por ese camino; incluso le podemos mostrar el que tiene que seguir). Por ejemplo: «Cuando tú, querida suegra, me dices que el niño se queda con hambre, yo me siento mal porque pones en duda mi capacidad de amamantar. Preferiría que no comentaras esto en casa». «Cuando tú, estimada esposa, me dices que no baño bien al niño, me siento triste y con pocas ganas de hacerlo al día siguiente, porque ya sé lo que tendré que oír. Preferiría que no me lo dijeras más y que, si quieres ayudar, estés a mi lado un par de días para observar en qué nos diferenciamos tú y yo». Nadie se puede enfadar ante un comentario así, porque no le negamos (ni le damos) la razón; no hablamos de quién tiene razón sobre los hechos, sino tan sólo de sentimientos, y eso nadie lo puede rebatir. o Elegirlas batallas. No vale la pena neutralizar todas las críticas y comentarios que le van a hacer: ceda en los insignificantes y «pelee» en los más importantes. Si su madre le dice que hace frío en la casa para el niño, intente subir un ratito el termostato en lugar de soltarle un discurso. Si su amiga le dice que es mejor que le ponga la bufanda por fuera del abrigo (o por dentro), puede hacerlo así ese día y luego usted lo hace como quiera. o Buscar gente como usted.
Hay grupos de padres que piensan como usted, asociaciones, encuentros reales y virtuales... Si se rodea de gente más acorde a su manera de pensar, estará mejor, y dudará menos ante esas personas que pueden hacer bailar sus cimientos. o «No se puede hablar del océano con una rana de charco» (dicho popular). Por último, piense que hay gente con la que no se puede razonar, ni argumentar, ni convencer. Personas que no saben lo que es la crianza ni se pueden poner en su lugar. Existen y son difíciles de neutralizar. Intente entender que son así y haga lo que pueda, siguiendo los consejos anteriores. El adultocentrismo El adultocentrismo sería esa forma de pensar y de actuar de algunos adultos que se creen superiores a los niños y conside ran que tienen más derechos que ellos. Es una forma de educar basada en la obediencia ciega y en la idea de que las normas se imponen de arriba abajo, es decir, de padres a hijos. Un concepto por el cual el padre no se equivoca nunca; si lo hace, se intenta ocultar; y, si es muy evidente, se excusa. Todo con tal de no pedir perdón. Muchos padres creen todavía que ellos son los únicos que están en posesión de la verdad y no escuchan las magníficas ideas que les dan sus hijos. El adultocentrismo es un forma de inseguridad, porque muchos se escudan en ideas de este tipo: «Es que si yo no mando me van a tomar el pelo», «Es que si no me pongo de mal humor van a hacer lo que quieran». En el fondo es gente insegura que tiene miedo de que alguien pueda superarles y hacen del ataque su mejor defensa. En una familia no se debería atacar ni defender, sino hablar y comprender. Intente hacer un ejercicio de humildad de cuántas veces le pasan estas cosas y procure solucionarlas para conseguir una crianza feliz. Límites Cualquier límite es un obstáculo para una crianza feliz, de igual manera que si existen en una pareja son un impedimento para que los novios sean felices (al menos los dos a la vez). Yo no limito a mi marido, ni mi marido a mí: simplemente hemos hablado de lo que nos va bien en nuestra convivencia y lo hacemos. Si ustedes van a una conferencia que se titula «Poner límites», todo el mundo da por supuesto que tratará sobre niños, puesto que en los mayores no se utiliza. Pues bien, eso no es justo. La palabra «límite» es una coacción a la libertad y por eso no me gusta. Hemos de hablar a nuestros hijos de valores y no de límites. En mi casa no robamos, no porque tengamos ese límite, sino porque nuestros padres nos inculcaron el valor de la honradez. Chimo (3 años) acababa de empezar la escuela y se escapaba de la clase hacia el patio siempre que podía sin hacer caso a la profesora. La maestra le dijo a la madre que el niño no tenía límites y había que ponérselos. Pues no. El niño no tiene motivación (dale algo mejor que el salir al patio y se va a quedar en clase hasta que quieras); puede que no tenga valores (no tiene respeto a los compañeros o a la señorita), pero no vamos a emplear una palabra que nunca utilizaríamos con un adulto en el mismo caso. El hecho de usar la palabra «límite» casi exclusivamente con niños es un claro ejemplo de adultocentrismo.  Es una palabra que no usamos en ningún momento. Hábitos rutinarios y rutinas habituales Cuando era pequeña me gustaba leer. Un buen día se puso de moda que desde el colegio se debía impulsar el hábito de la lectura; nos dieron un listado de libros para leer en casa y hacer un trabajo sobre ellos. ¡Qué aburrimiento! Se me acabó la afición a la lectura (aunque algunos me gustaron). Gracias a Dios, el colegio se terminó pronto y en la universidad no se les ocurrió implantar el hábito de la lectura, y volví a disfrutar de este placer. Se intentan crear hábitos en los niños pensando que se les hace un bien, cuando lo que hemos de inculcar es la pasión y las ganas de hacer una cosa; yo me ducho no porque sea un hábito rutinario para mí, sino porque me gusta ir limpia. Si te agrada ir limpia te ducharás, y si es sólo un hábito lo harás a regañadientes o te lo saltarás de tanto en tanto. El día en que leer sea sólo un hábito en lugar de un placer, no lo haré: hemos de incentivar la motivación en lugar de instaurar la rutina en nuestra vida. Las cosas serán más agradables y la vida más feliz.

Por Patricia.

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